Archivo de la categoría: Traducción

¿De quién es la culpa?

No es fácil reconocer nuestras faltas. Y cuando el corporativismo media, la tarea redentora se complica enormemente. Tras la lectura de esta entrada, he rebuscado inmediatamente en ese rincón del cerebro destinado a almacenar recuerdos y he revivido esa experiencia que padecí en una oficina espaciosa, perfectamente iluminada y de inmaculada factura del inframundo empresarial. Nada hacía presagiar el atentado que iban a perpetrar esa mañana soleada contra la moral de un traductor inexperto pero no por ello imbécil. Buscaba un trabajo, no una celda de castigo. Han mudado de hojas los árboles y sucedido bastantes cosas positivas desde entonces. No obstante, las personas empáticas, además de jorobarse con el mal ajeno, también reflexionan.

Sigue leyendo

Hasta siempre, 2012

El reloj no forma parte de mi vida. Soy mucho más feliz desde que no lo contemplo con recelo. Me gusta pensar en el tiempo como un elemento dotado de una fluidez constante que se rebela ante cualquier tipo de encorsetamiento. Esta reflexión la intento aplicar a mi vida diaria, sabedor de las muchas limitaciones a las que me enfrento. No obstante, el fruto más peregrino que se puede degustar al mirar atrás debe tener un sabor dulce y no es otro que contemplar el camino por el que has transitado desde un lugar más elevado. Siempre desde un punto más alto con respecto al trayecto que has realizado.

Sigue leyendo

Los medios y la traducción

[box]Traductor recién nacido: ¡Bua, buaa, buaaa! (Llanto desconsolado según Martínez de Sousa).

Traductor adolescente: «Paso un huevo de la traducción. No da ni pa’ pipas».

Traductor adulto: «Algo tiene que cambiar en la traducción, pero no tengo tiempo».

Traductor septuagenario: «Son los jóvenes los que tienen que arreglar el “tema” de la traducción».

[/box]

¡Oh soledad, mi sola compañía! —que diría el poeta de Sevilla—. El tema de marras, el de siempre, el que cuando sale a luz consigue aumentar las ventas de pañuelos moqueros de tamaño extra grande. Y volvemos a las andadas con el artículo de El País que los traductores —literarios o no— han compartido hasta la saciedad estos últimos días. En este erial de sombría atmósfera, lar de plañideras y velos negros, parece haber un rayito de esperanza ya que el bueno de Juan Cruz ha dedicado un artículo al noble arte de la traducción. El gremio, emocionado, lo comparte porque considera que se ha dado un pasito más hacia la ansiada visibilidad. Como Teruel, los traductores existen. ¡Ea!

Sigue leyendo

Con la pata de palo

Podría decir que sucedió un día cualquiera a una hora indeterminada para darle ese aire misterioso y de novela rancia, pero no: tocaba el lunes. Aun así, para mí este día no es tan terrible ya que si algo sale mal, tienes toda la semana para arreglarlo. El caso es que de buena mañana recibí un correo que anunciaba con pasmosa frialdad que mi blog había sido hackeado. ¡Cómo innovan los padres y madres de la bazofia virtual! —pensé para mis adentros—. Y es que últimamente estoy hasta la pituitaria de recibir correos de prosélitos de ciertas ciencias difusas que se dedican a venderme humo. A mí es que los vahos de dióxido de carbono no me terminan de gustar; prefiero el O2 que, por si fuera poco, no se te solapa a la ropa.

Sigue leyendo

Lo llaman visibilidad

Mira que caer en el enfoque prescriptivo me da miedo. Y con las redes sociales, algo de naturaleza tan compleja, todavía más. Se insiste, con la persistencia de un soniquete, en la importancia de que un traductor se sumerja en ellas. Como un mantra. No obstante, olvidamos que la importancia es un término con muchas aristas y meramente subjetivo. Los elementos 2.0 que nos asisten serán importantes en el caso de que sepamos sacarles partido y nos reporten algún beneficio en nuestra vida laboral y personal. No son importantes per se, sino que es el propio usuario el que les concede la relevancia que merecen.

Pero si hay una característica fundamental que las equilibra a todas es el argumento inevitable del «número de seguidores». Dejando de lado cuestiones de justicia e injusticia, méritos o deméritos, así está montado el tinglado y no tiene visos de cambiar. Es una realidad palpable en las redes que prime la cantidad antes que la calidad y, por consiguiente, se instituyan los modelos repetitivos. Por eso, hay que tratar de ser selectivo y no imitar patrones de comportamiento que conducen inevitablemente a la histeria por conseguir relevancia a cualquier precio. Aunque los cauces de la admiración son caprichosos, es evidente que resulta más atractivo alguien con tropecientos mil seguidores que otro que no supere el centenar.

Y no suele haber atajos ni reflexiones muy concienzudas: «si tiene tantos seguidores es que los merece». Bien, ¿algo más? Y no, no quiero dejar al margen valores como «respeto» y «humildad», que por desgracia están siendo absorbidos por la Compañía de Egos Virtuales S.A., —a través de una OPA hostil, por cierto—. Las redes sociales, mal interpretadas, se prestan al desarrollo de la egolatría y el componente emocional es decisivo para sentir que detrás de la pantalla hay una persona. Y la carrera oligofrénica que incita al seguimiento en masa y la búsqueda incesante de supremacía-influencia virtual no ayuda a humanizar estos espacios de encuentro.

En conversaciones informales, en algunas charlas en las que he tenido el gusto de poder hablar en público o en entradas de blog he podido constatar el grado de confusión que, a mi juicio, existe con respecto al papel de las redes sociales y otras herramientas en la vida de un traductor. Hay montones de lecturas interesantes que hablan sobre el jugo que se les puede extraer, pero hay muy pocas que cuestionen su uso y las falsas expectativas que se crean en torno a ellas. Y podría llegar a ser peligroso ya que, en ocasiones, he percibido en ciertas respuestas y actitudes un abismo del tamaño de la fosa de las Marianas entre la realidad del mercado y un mundo 2.0 más virtual que nunca.

Porque la confusión llega a extremos de ficción al más puro estilo hollywodiense. La asociación trabajo-visibilidad-méritos-relevancia puede derivar en un auténtico galimatías. De eso se trata, de visibilidad. De este término, lo que representa y de materias afines estaré hablando en uno de los seis seminarios web que han organizado las chicas de Educación Digital para el curso «Traductores 2.0» que, por cierto, tuve la suerte de disfrutar el año pasado. Con el firme propósito de alejarme de la «cantinela de siempre», mi objetivo consistirá en ofrecer una visión constructiva de lo que implica y no implica el término «visibilidad».

¿Visibilidad? Probablemente
Fuente: Rai Rizo

Abstente y resígnate

Aunque lo parezca, sustine et abstine no son los nuevos medicamentos lanzados al mercado por Pfizer para combatir esa enfermedad llamada «crítica» que se propaga como el sarampión. No, señores. Se trata, efectivamente, de un lema estoico que han hecho suyo unos cuantos cabrones que deben estar crujidos de risa en sus poltronas mientras retuercen el cuello de sus semejantes. Si Séneca levantara la cabeza, ¡cuántas infusiones de cicuta prescribiría entre tanto canalla! Cualquier cosa con el fin de alcanzar la ansiada ataraxia. No es mi intención desvariar más de la cuenta pero, ¿qué tendrá que ver el estoicismo con una profesión como la traducción? ¿Habría que soportar las imposturas sin más reacción que una mueca de desaprobación? No exactamente.

«No sé si podré abstenerme de “encicutar” a unos cuantos…»

Estas cuestiones no han sido objeto de análisis sesudos y resulta comprensible esta falta de interés, ya que no tienen la más mínima importancia práctica. Tú allí y yo aquí. Pero se puede inferir, sin mucho esfuerzo, que el mundo de la traducción es un rincón tremendamente heterogéneo. Y entre tanta disparidad se cuelan opiniones contrapuestas y cierto tufillo a hipocresía. Las redes sociales han permitido que nos acerquemos como profesionales pero, quizá, nos han alejado de la compresión de su propia imperfección. Ellas no tienen la culpa. Somos nosotros los que, en ocasiones, creamos un mundo monocromo donde tendemos a uniformizar opiniones y a fundar creencias. Esto es así y es así. Y, además, favorecen los procesos de ego tripping.

Hay etiquetas que no ayudan a desmontar el mito de traductores llorones. Y existe cierta convicción de que los traductores somos una raza de artistas de las letras, tocados por el cayado de San Jerónimo, que se apoyan en la salud, en la enfermedad, todos los días de su vida. Incierta e incómoda reflexión porque desvirtúa lo que creo que es verdaderamente importante en mi profesión y nos conduce hacia el peligroso terreno de la endogamia. Que se lo digan a Carlos II. Nos enzarzamos en disputas febriles por asuntos que se escapan de nuestras manos y que únicamente creemos que afectan a nuestro cosmos. La vuelta al «pobre de mí, qué solito estoy».

En la vida real pretender caer en gracia a todo el mundo es tarea tan imposible como estéril. Las redes sociales no pueden maquillar esta evidencia, precisamente porque la de mayor éxito solamente está programada para ofrecer una visión sesgada del asunto. Me gusta. Otra cosa muy diferente es que se empleen para compartir conocimientos y recursos por puro altruismo y nos hagan más fácil nuestro día a día. ¡Viva el progreso si es para esto! Ahora bien, la verdadera batalla está dentro de nosotros mismos. Alejándose de sentimentalismos, oratoria de mercadillo, paternalismos universitarios y otras excusas para no ver lo que tenemos enfrente, el traductor es un profesional que debe hacerse a sí mismo. No hay otra opción.

Todo este tiempo que llevo corriendo cortinas en el mundo de la traducción y asomando la nariz, me ha servido para extraer muchas conclusiones que no sólo me han hecho crecer como profesional sino también madurar desde el punto de vista humano. Y es así, en tiempos revueltos, donde todos, sin excepción, nos enfrentamos a retos que permiten conocer de qué pasta estamos hechos. He podido comprobar en primera persona lo competitivo que es el mercado de traducción, contemplar la negociación de tarifas al menudeo, experimentar largos periodos de silencio y falta de trabajo, apreciar el valor de los buenos contactos, valorar la enorme importancia de una profunda especialización para alcanzar ese grado de diferenciación que te desmarque del resto, estimar en buena medida la renovación y el reciclaje profesional o considerar diferentes estrategias empresariales. Y todo esto como pequeño botón de muestra.

«Soy un lobo, soy un lobo…»

Importante cultivar estas capacidades, pero echo de menos una actitud de la que no se habla mucho, prácticamente nada: la humildad. Traductores capaces, buenos traductores, grandes traductores, traductores profesionales, traductores famosos, pero… ¿traductores humildes? La humildad no se enseña, pero se debería mencionar más a menudo. Nada es asimilable sin la humildad suficiente que te permite reconocer tus errores, detectar tus puntos débiles, darte cuenta de que debes seguir mejorando, reparar en que en una maratón no gana el más rápido y explosivo sino el más resistente y tenaz. Profesionalidad y personalidad son indisolubles. Y estas cosas ni se imparten en clases magistrales, ni se pueden adquirir en establecimientos autorizados. Se experimentan como parte de un proceso constante de aprendizaje. Y no hay protocolo que valga, solo la improvisada valentía del que sabe, por puro empirismo, que levantarse siempre será la última fase de un proceso ininterrumpido de caídas.

Los traductores también se lesionan

Quizá no somos infalibles, aunque algunos clientes puedan pensar lo contrario. A veces olvidamos que estamos hechos de muchos músculos, huesos, tendones, cartílagos y un cerebro que no traduce las veinticuatro horas del día. De vez en cuando, también le da por enviar mensajes inequívocos de dolor a ciertas partes de tu cuerpo que asistían impertérritas al paso del tiempo. Llamémosle «rodilla». El que suscribe lleva haciendo deporte desde que tiene uso de razón —antes de que ese incómodo compañero llamado «seso» llegara a mi vida—, practiqué la modalidad de «gamberradas deportivas», variedad en franca recesión consistente en correr como alma que lleva el diablo y no mirar hacia atrás hasta que la lengua no te roce el ombligo. Todo niño bien criado debería haberlo practicado. Me consta que un tal Usain Bolt se lo tomó muy en serio y no le ha ido mal del todo.

No seré yo el que hable de ergonomía, higiene postural, sillas, reposapiés y demás premisas de indudable interés, sino que serán otros los se tomen la molestia de ahorrarme el trago. Recomiendo a todo aquel que haya sufrido, sufre o vaya a sufrir lesiones de diversa consideración que tengan muy en cuenta las siguientes lecturas:

– Traductora de-formación profesional: Mil dolores pequeños, mi deformación profesional.

– Vida de traductor: categoría ergonomía y salud.

– La Linterna del Traductor: Ergonomía y traducción.

– El traductor en la sombra: categoría productividad y ergonomía.

– Con el calco en los talones: pilates para traductores.

Estas lecturas son aleccionadoras, pero tienen ese componente de frialdad asertiva, o lo que es lo mismo, «está muy bien, lo tengo en cuenta, pero voy a ponerme con la traducción que voy con retraso». O sea: asientes, estás muy de acuerdo con lo expuesto, pero… «si eso, ya me pongo mañana. Además a mí nunca me ha pasado nada». Mal, mal. Como las experiencias personales calan más, voy a dejar de lado ese discurso neutral que te anima a comprarte una silla ergonómica y casi te obliga a asentir en señal de aprobación, para pasar a relatar en una sencilla tabla el proceso subjetivo a través del cual me di cuenta de que no tenía las articulaciones indestructibles de He-Man.

ETAPA

DIAGNÓSTICO

REFLEXIÓN

1

Dolor leve en la rodilla derecha. Contractura en la espalda «No pasa nada. Estar un pelín agarrotado es normal con este proyecto tan largo. Esta noche un poco de mancuernas y listo».

2

Dolor incesante en las lumbares. Dolor agudo en la rodilla. «Estás hecho un trapito, chaval. Descansa un día y eso se te pasa. Vas bien de tiempo».

3

Mismo diagnóstico etapa 2 «Oiga, esto es preocupante. Tengo que reducir las horas de ordenador e ir al fisioterapeuta».

4

Mismo diagnóstico etapa 2 + rodilla inflamada y con sensación de inestabilidad al caminar Fisioterapeuta: «Rai, tienes una tendinitis en el tendón rotuliano de la rodilla derecha. Si tienes la espalda cargada se debe a los malos apoyos que realizas. Nada, nada y nada».
Rai: «A partir de ahora, Phelps a mi lado, un principiante».

5

Dolor en espalda y rodilla remitiendo. «Vaya mi%&!* de productividad. Descansa, no queda otra y, hala, a la piscina».

6

Mismo diagnóstico etapa 5 «De tanta piscina estoy más arrugado que un higo, pero nado con la gracilidad de un atún rojo del Atlántico. ¡Ah, sí! A ver cuándo termino el proyecto».

7

Molestias en espalda y rodilla. Dolor, lo que se llama dolor, ya no. Fisioterapeuta: «La rodilla ha mejorado mucho. Si sientes dolor, vuelve a llamarnos».
Rai: «¡He terminado el proyecto!»

8

Aquí me encuentro ahora mismo.

Este es mi caso real. Pongámosle que el periodo de dolor/molestias físicas lleva conmigo más de un mes. ¿Qué pudo provocar la lesión? Qué sé yo… un mal gesto, una serie de malos gestos, una lesión dormida que le ha dado por despertar ante un esfuerzo anormal de la articulación. Muchísimas causas para una sola conclusión tras la lesión: inactividad. Y, a menos que seas banquero, político o de sangre azul, un periodo de inactividad es un verdadero contratiempo para el traductor autónomo. ¿Por qué?

Inviertes tiempo y dinero en tu recuperación.

– Esa inversión, si bien absolutamente necesaria, no es rentable para tu actividad económica.

La productividad desciende hasta límites insospechados e incluso llega a paralizarse.

– Cabe la posibilidad de que tengas que rechazar proyectos y oportunidades por culpa de tu enfermedad o estado físico.

La búsqueda de clientes, una faceta primordial en el trabajo del traductor, ha de abandonarse necesariamente.

Es necesario despedirse de la rutina habitual, esa amiga inseparable y fiel del traductor. Ella quiere volver, pero no tienes más remedio que decirle: «ya te llamo yo y quedamos; no insistas».

La salud emocional podría llegar a resquebrajarse por todo lo expuesto anteriormente.

Rodilla derecha: «no sabes el mes que llevo…»
Rodilla izquierda: «calla, que los marrones me los como yo»

Conclusión tan poco brillante como lógica: nuestro buen estado físico y mental es la fuente de la que bebe la productividad. Y no es menos cierto que cuando nuestro cuerpo habla, debe ser escuchado. Eso implica que cuando algo duele, molesta o importuna incesantemente es poco inteligente continuar con nuestra rutina habitual. Lo sensato es aminorar la marcha o incluso detenerse y no mentirse premeditadamente con el «mañana se me pasa».

¿Evitables este tipo de contratiempos? No todos. Hay situaciones que no somos capaces de dominar ni prever, pero sí hay otras que podríamos evitar con buenos hábitos. Estar sentado en una silla de ordenador durante horas y horas —sí, vale, la tuya es muy cómoda y la mía también— no es la mejor manera de cuidar nuestro cuerpo. La solución es el ejercicio moderado, pero tampoco sirve cualquiera. No soy nadie para decir lo que cada cual tiene que hacer con su cuerpo, pero sí tengo algo de experiencia deportiva para recomendar o descartar ciertas prácticas si se practican de forma habitual.

El tiempo me ha demostrado que los deportes basados en arrancadas y paradas súbitas son peligrosos a largo plazo. Hablo de fútbol, tenis, pádel, baloncesto y demás deportes donde medie un esférico. Son modalidades deportivas con tendencia a la descompensación muscular y articular y pueden llegar a provocar lesiones como tendinitis, contracturas, roturas fibrilares o fracturas por estrés. Desgraciadamente, casi nadie goza en este tipo de deportes de un estado físico y una genética tan destacable como la de Cristiano Ronaldo o la de Roger Federer, deportistas que sólo visitan el hospital para conocer a sus nuevos hijos o visitar a niños enfermos.

Correr,… tampoco. A nivel articular es una práctica poco recomendable. Trote, trote, trote, trote y así hasta llegar a meta provocan a largo plazo problemas en rodillas y caderas. Conozco a más de uno, dos o tres atletas populares bien curtidos con prótesis y no, ya no salen a correr. En contrapartida, hay prácticas que pueden ser muy recomendables para fortalecer progresivamente esos músculos que tenemos dormidos y agarrotados durante varias horas al día en una silla. Llamémosle pilates, yoga, ejercicios específicos —no autodidactas, por favor— de mantenimiento-tonificación muscular o natación. Cualquier modalidad que permita una adaptación progresiva al esfuerzo y desarrollo muscular.

Perezoso: «Empieza tú, que luego, si eso, voy yo»

Todos sirven para el propósito final: sentirse bien a nivel físico y mental. Hay lesiones inevitables, pero hay otras muchas que entran dentro del saco de las eludibles. A veces nos ahogamos con la facturación trimestral, la declaración de la renta, la resolución de dudas terminológicas o los plazos reducidos, pero no nos paramos a pensar que, sin salud, todas estas cosas son inabordables e insignificantes. Como empresarios autónomos debemos prestar atención a nuestro negocio, imagen de marca y servicio profesional, pero no es menos cierto que todo ello es una tarea estéril si no cuidamos de nosotros mismos. Así que el sedentarismo y el «mañana me pongo» no es una opción válida, pues conviene desterrar de nuestro ideario la imagen del traductor estático, de ojos rojos pegados a una pantalla y cuerpo atrofiado en una silla con respaldo abatible.

Traducción voluntaria sí, pero…

Hace poco me topé por casualidad con una traducción de extraordinaria calidad: finísima escritura, giros excepcionalmente traídos a la lengua materna, fluidez, fluidez y más fluidez en la lectura. Pensé que el profesional habría recibido un pago holgado, —me gusta pensar que la gente cobra bien por trabajos bien hechos, aunque a otros les dé por pensar que eres un burgués de bata y puro— hasta que me di cuenta de que estaba leyendo el resultado de una traducción voluntaria. De paso, quedó demostrado que la fórmula «traducción voluntaria = churro infumable» no siempre se cumple en todos los casos, a menos que entre en la ecuación la variable Zuckerberg.

Sigue leyendo

[Des]encuentros en la primera fase

¿Diferentes contrastes, no?

Todo traductor sabe que labrarse una carrera como profesional autónomo lleva su tiempo. Nadie llega y besa a San Jerónimo para cobrar, poco tiempo después, tarifas de dos cifras por palabra y que los clientes caigan plácidamente desde cielo envueltos en papel celofán de colorines. Hay que ser muy constante, saber perder —mucho— para después ganar, saber encajar muchos silencios indiferentes, asociarse con inteligencia, saber qué contactos son beneficiosos y cuáles perniciosos, no dejar de moverse en cualquier ámbito que consideremos de nuestro interés y, sobre todo, no caer en la tentación de pensar que este mundo cruel y sanguinario nos da la espalda. Son los principios básicos del manual de constancia del traductor autónomo principiante que tan bien desarrolla Ana en su última entrada.

Pero que yo sepa, no conozco a ningún traductor que emplee un sofisticado sistema para alimentarse de la luz que emite la pantalla del ordenador. Los sueños, las letras, los libros, las series y tantas otras cosas sirven de alimento para otras partes de nuestro organismo pero el estómago, que manda mucho, pide manduca con subida de IVA incluida. Y para tener unos ingresos más o menos estables, el que suscribe se presentó a una entrevista de trabajo para ingresar en plantilla como traductor de documentación de una empresa. Fui sin demasiadas expectativas para evitar chascos innecesarios, confiado en mis posibilidades y con ganas de saber cómo estaba el mercado laboral en plantilla que hacía tiempo que no palpaba. Un trabajo en plantilla me serviría para prolongar la carrera de fondo denominada «búsqueda de clientes del traductor autónomo en su etapa inicial» con fundamentos económicos más sólidos. Here I go!

Entro a la oficina ya, ¿vale? Me la encuentro excelentemente iluminada, con un mobiliario atractivo y un personal que inspira confianza al ser prácticamente de mi generación. La entrevista comienza con el protocolo habitual; nada interesante. Unas cuantas preguntas y unas respuestas sin mucha sustancia relativas a mi formación y experiencia. Noto cierto entusiasmo al confirmar que, además del inglés, también domino el francés. A continuación, explicación necesaria del puesto de trabajo que paso a resumir: traducción de la página web y todos los contenidos que se vayan generando, atención telefónica y por correo electrónico con clientes extranjeros incluyendo también la traducción de ciertos correos problemáticos que requieran la participación de un profesional de la lengua que sepa expresarse más allá de ese inglés medio español, en suma, tarea mastodóntica de expansión internacional de la empresa con la consiguiente implantación en nuevos mercados. Evidentemente, la oferta de trabajo que publicó esta empresa no entraba en este tipo de detalles —que quizá consideraron irrelevantes—, y solo hacía hincapié en la necesidad de contratar a un traductor. ¿A un traductor nada más?

Los problemas empezaron a surgir cuando la encargada de Recursos Humanos me preguntó qué sueldo consideraba que era justo cobrar por ese trabajo. Mi respuesta, sin ser pretenciosa, trató de ser justa y ecuánime según mis principios laborales y el contenido de la oferta que me acababa de describir. Le introduje un rango de mínimo y máximo sueldo sin ningún tipo pretensión o intento de presionar lo más mínimo. Al fin y al cabo, es la empresa la que establece el precio final de lo que vale un trabajo. Sólo dije que un sueldo mileurista no estaba justificado para un puesto de esa naturaleza.

Lo que no me esperaba era una respuesta tan visceral por parte de la entrevistadora que me preguntó si sabía en qué ciudad quería trabajar, que no estaba en Madrid o Barcelona, que tenían que pagar una cotización a la Seguridad Social y que un trabajador como yo les saldría muy caro. Puedo asegurar que no pedí la luna, sólo lo que consideraba justo y digno para cualquier trabajador que tuviera que emprender esa tarea. Me indigné muchísimo ante tal ataque de pedantería empresarial y le contesté que no conocía su volumen de negocios, ni lo que facturaban al año, pero un sueldo por debajo de los mil euros estaba totalmente fuera de lugar. Si no le apañaba una respuesta como la mía, mejor que no hubiese preguntado. Sigo pensando que no debería ser agraviante para nadie querer cobrar un sueldo digno; quizá y sólo quizá, es peor sentir cómo había cierta pretensión en el ambiente por hacer que me sintiera como un aprovechado/ventajista o, simplemente, percibiera que quería vivir por encima de mis posibilidades reales. Obviamente, la segunda parte de de la entrevista no había tomado la mejor dirección.

Después de explicarle con paciencia y comprensión que no hacía traducción simultánea sino interpretación y las diferencias entre la traducción inversa y directa, me preguntó si mi pronunciación inglesa tenía acento español. Me limité a contestarle que para cualquier persona nacida en España que ha aprendido cualquier lengua extranjera aquí es harto complicado que abandone ese deje español a la hora de pronunciar cualquier idioma extranjero. La influencia de la lengua materna, que en la inmensa mayoría de los casos suele ser la lengua de uso diario, juega un papel extraordinario en este caso. Le hice ver que no tenía el maravilloso acento British de Colin Firth pero tampoco el de Nadal cuando da sus discursos después de ganar cualquier torneo. La comunicación y el entendimiento puede existir entre dos personas con acentos diferentes y es bastante simplista asociar el nivel de inglés y la competencia de una persona a un acento particular.

Me parecía tan absurdo como estéril continuar por ese camino. Fue entonces cuando me dijo que le daba auténtico pavor contratar a una persona que pronunciara «jeloóu» al iniciar una conversación. A mí también me lo daría como empresario. Me limité a contestarle con brevedad que no era mi caso porque ya empezaba a sentirme, una vez más, molesto. Finalmente terminó reconociendo que era una manía personal y que no tenía importancia. Eso sí, ya lo había dejado caer y me había tocado el hocico un ratito. Además, bien claro dejé desde el principio que no era nativo —mi nombre y apellidos me delatan— y que simplemente podría hacer un buen trabajo en esa empresa. Si un perfil no interesa por cualquier motivo, no se convoca la entrevista y punto pelota. Nadie pierde el tiempo así.

Ni Forrest en plena forma la termina en cinco minutos.

La última parte de la entrevista fue el momento más surrealista de la mañana: me encontré con tres folios en español encima de la mesa para que fueran traducidos al inglés. Vale, vamos. Entonces llega ese momento en que me da elegir entre un bolígrafo o un lápiz. Con estupefacción le indico si voy a hacer la prueba sin ordenador y sin acceso a glosarios o consulta de internet. También me señala que lo ideal sería que hiciera la traducción en cinco minutos. «Corre, Rai, corre» y me viene a la cabeza la imagen de Tom Hanks trotando como un poseso y me descojono por dentro. La risa floja por poco aflora porque tres páginas en cinco minutos al inglés ni un monete oligofrénico, oiga. Le pregunto si lo que estoy viviendo es una situación real de trabajo en la empresa ya que para cualquier traductor serio que se precie es un contexto totalmente delirante.

Me repite que no va a haber «apoyos externos» y que traduzca lo que me dé tiempo. Cojo mi lápiz cual buen amanuense cisterciense y, hala, a traducir. La entrevista está a punto de terminar no sin antes tener que enfrentarme a la siguiente pregunta: «¿Tú qué harías si te encontrases con una situación así en una conversación telefónica? ¿Improvisarías?» Aproveché la ocasión para decirle que «evidentemente improvisaría» y, de paso, recordarle que estaba incurriendo en un error de bulto ya que no comprendía bien las diferencias comunicativas entre un contexto oral y otro escrito. Una de las últimas cosas que le dije es que la calidad de una traducción ha de valorarse por el producto final resultante de un largo y complejo proceso lingüístico y no por un borrador escrito en lápiz con multitud de tachones.

Tampoco había mucho más que añadir a la entrevista excepto el último apretón de manos protocolario y un «ya te avisaremos cuando tengamos el resultado de la prueba». ¡Ah, bueno, sí! Escuché antes de irme que quizá cambiarían ciertas cosas del proceso de selección de personal. ¡Albricias! ¡Un atisbo de humanidad! Cierro la puerta de la oficina, sabedor de que no iba a volver a traspasarla. De la indignación pasé a esa satisfacción personal que solo uno siente cuando ha hecho las cosas respetándose a sí mismo: mi dignidad, a pesar de los golpes, había quedado intacta. Que la autoestima hay que cuidarla todos los días, señores, y un sueldo cualquiera y un trato como el recibido no merece ni el más mínimo atisbo de autocomplacencia. No podemos gustar a todo el mundo y, si lo pretendemos, seremos unos infelices de por vida. Quizá buscaban a un mono tití resultón con 900 pulsaciones por minuto y se toparon con una persona de carne y hueso respondona. Qué sé yo…

Sin blog no soy nada, ¿o sí?

El otro día estaba disfrutando de mi recreo particular en Twitter a media mañana, cuando Isabel escribió con indisimulada sorpresa que había sido nominada para estos premios tan chulos que, no vamos a negarlo, despiertan esa ilusión infantil e inocente por recibir la bolsa más grande de chucherías en la carrera de sacos de la excursión de turno. A nadie le amarga un dulce dicen, ¿no? Lo primero que hice fue alegrarme mucho por mi paisana y por su fantástico blog, «El traductor en la sombra», que a estas alturas ya todo el mundo conoce. Y lo segundo echar un vistazo a la inmensa ristra de blogs nominados. «Se mantienen los de siempre» —dije mientras echaba una ojeada— que, año tras año y con todo merecimiento, se sitúan en la cresta de ola por constancia y buenos contenidos. También algunos nuevos. «Muy bien» —dije a modo de reafirmación—, por eso de que la savia nueva es un agente vivificador de primer orden. Mi voto, ya decidido, para después. Había llegado el momento de se mettre au boulot.

Último desplazamiento de la barra hacia arriba y… en un golpe de vista fugaz leo «Letr». Alucinaciones o como se dice en mi pueblo: «qui té fam, somnia en rollos». Pero no, ahí estoy con mi blog de apenas un año de edad, todavía el querubín con la necesidad de que le cambien los pañales porque a veces se hace pipí y popó y llora desconsoladamente por las noches. Pero claro, algo es obvio: si estoy en esa lista es porque algo he aportado a la comunidad del diccionario durante todo este tiempo. Pues oye, la bolsa de chucherías para mí y a ponerme de dulce, que uno es goloso con gusto.

Otra cosa: no voy a pedir el voto para mí, ¡qué va! Me da la sensación de que guardaría cierto parecido con esos pimpollos que depositan todo su orgullo en la insufrible coletilla «envía un SMS al». Sí, quizá banalice el asunto o tal vez sufra un terrible trauma provocado por determinados capullos —televisivos— de alhelí. O las dos cosas. El caso es que siento un profundo orgullo al estar en esa lista entre tantos ilustres profesionales a los que admiro. Y por cada voto que reciba, mil millones de abrazos. Pero, ¿realmente qué me ha dado este rincón en el año y pico que lleva desde su nacimiento?

Respuesta evidente: visibilidad. Ahora, otra pregunta: ¿Qué he buscado a través de este blog? Expresarme y compartir. Si he llegado de un modo u otro al público ha sido consecuencia de las líneas escritas, pero nunca ha sido un objetivo buscado, precisamente, porque mis contenidos no cumplen con el perfil prototípico de entradas SEO friendly. Por eso creo que es tan importante dar prioridad a la publicación de contenidos con sello propio, no necesariamente inéditos como apuntan algunos, pero sí con un marcado carácter personal. Creo que el genio y la autenticidad de cada cual debe verse reflejado a través de lo expresado para así legitimar los contenidos de una forma incontestable. Ya hay demasiada copia de copias que a su vez provienen de fotocopias previamente transcritas. ¡Uf! Quitemos la aguja del vinilo rayado y que siga sonando la música.

Hay monetes muy listos que separan muy bien el grano de la paja. Ciertos contenidos les provocan somnolencia.

Ya se habló en su momento del estallido de blogs en el mundo de la traducción y opiné al respecto en mi anterior entrada. Habiendo un tamiz tan inteligente llamado «lector», ¿para qué enervarse más de la cuenta? Esto es como la RAE que, juiciosa como pocas, acaba adoptando y adaptando vocablos que por su uso masivo merecen formar parte de sus magnos lexicones. Es el caso de «pirsin» o «zum», auténticos paradigmas de la cordura y sensatez de los académicos. Dicho esto, creo en la perspicacia natural del lector, sabio como pocos. Con todo, sigo notando y percibiendo que existe, en este tiempo de estallido bloguero, una especie de arrebato irracional que conduce irremediablemente al personal a decir: «tengo que probarlo». Bien, ¿por qué no hacerlo? Pero antes, ¿por qué no pensarlo? ¿O es mucho pedir tratándose de una pulsión?

La verdad es que el argumento del «hay que probarlo todo para saber si me gusta» no me acaba de convencer. Cuestión de ineficacia empírica. Si siguiera a pies juntillas este precepto ya me habría apuntado a la fase previa de Roland Garros ahora que París debe estar tan bonito. Tal vez llegaría a jugar con algún tenista clasificado entre los cien primeros… ¡que jugué como federado hasta los 16! Y oye, que no me desenvuelvo mal en pistas de tierra batida, roja, por supuesto. Y, ¡anda! Que he estudiado, entiendo y hablo francés. Por probar… Pero mira tú por dónde que no lo acabo de ver claro. Aparentemente perfecto, ¿no? Pues veo grietas en estos razonamientos, y ya se sabe: siempre amenazan ruina. Ilusión y aportación van envasadas en el mismo tarro.

Entrenando con disciplina espartana.

El canto a lo Amaral «sin blog no soy nada» desafina mucho. Porque realmente creo que existe una percepción equivocada o quizá algo distorsionada de lo que entraña la blogosfera, al menos bajo mi punto de vista. Compartir fue mi primera y única motivación desde que en febrero de 2011 inauguré este blog. Tenía ganas de escribir, interactuar y contribuir. Y siguen siendo mis principales motivaciones a la hora de ponerme ante una hoja en blanco. El resto se traduce en satisfacción y felicidad, como diría Pablo Muñoz. Debe ser bastante exasperante esperar a que los cielos blogueros se abran por intercesión divina de los santos gurús de la traducción y la reputación online y lluevan billetes, a poder ser, morados o amarillos. Al menos en mi tierra llueve muy poco y en otros lugares caen batracios tan grandes como el puño de Cassius Clay.

Modelo a seguir en Twitter.

Como bien dijo Isabel: «visibilidad no es sinónimo de profesionalidad». Estoy de acuerdo, pero añadiría entre el «no» y el «es» la palabra «necesariamente». No se trata de un principio axiomático. Leo asiduamente unos cuantos blogs cuyos contenidos, tono, expresión, inflexiones o manera de abordar los asuntos me interesan y fascinan. Y me parecen los mejores profesionales del mundo mundial. Conque lo de la visibilidad es un marchamo engañoso. Única y exclusivamente los contenidos actúan como jueces competentes para conocer de una causa determinada. ¿Tienes 100.000 seguidores? Vale, enséñame tu trabajo. No todos sabemos esforzarnos como la Kardashian. Como le dijo César a Pompeya en la versión siglo XXI: «el traductor no sólo debe ser profesional, sino parecerlo».

¿Número de seguidores? Inmensamente sobrevalorado. Habrá centenares de páginas donde rutilantes coachs que tienen, como poco, 10.000 seguidores —estoy seguro de que en la Real Academia de Coaching hay normas sesudamente establecidas que no permiten otorgar el preciado título al aspirante que tenga menos de 10.000 seguidores en Twitter— relatarán, con ese entusiasmo contagioso, los métodos milagrosos que te ayudarán a ganar tropecientos seguidores en menos de una semana. Pura inspiración de Teletienda. Tendencia actual en las redes sociales íntimamente relacionada con la paupérrima preferencia social por la cantidad y no por la calidad. Las personas reducidas a números; economía humana. ¡Puaj! Que el motivo por el que seguir o ser seguido sea aportar valor único, tener esa chispa diferenciadora, escribir esa palabra que llega al alma o dar ese consejo irrechazable. Nada de engordar egos, que ya vamos sobrados, ¿no?

Acudo a este sitio siempre que necesito contarle ciertas cosas al mundo. Clara fue la primera persona a la que escuché hablar de «blog terapéutico» y no puedo estar más de acuerdo con esta denominación. Tendría que patentarla, de veras. Siempre que exista la vocación de compartir es más fácil llegar a relativizar determinados problemas que nos atenazan y conocer sin prejuicios otros que nos atormentan. Cuando me preguntan por qué tengo un blog les respondo con franqueza que me gusta escribir. Tan simple como abstracto. Pero, ¿hay motivación más poderosa? El binomio traductor-escritor es una inmejorable carta de presentación y una forma [interesante] más de hacer buen marketing online, ya que estamos. ¿Escribes? Perfecto, déjame que te lea. ¿No escribes? No pasa nada; te veré en otro sitio. Sin histerismos, egolatrías, ni endogamias absurdas. Eso sí, dejadme que os diga que no hay mayor recompensa que compartir inspiración.