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La traducción es un arte menor

Así me lo soltó el tipo, sin concesiones. Fue la carta de presentación de una persona que acababa de conocer y su respuesta inopinada al comentario de que me dedicaba a traducir. La conversación posterior carece de interés, más bien porque fue un monólogo, un perfecto discurso político de un individuo con muchos derechos y escasos deberes. Sus cansinos delirios de grandeza, su grandilocuencia y su extrema megalomanía me aburrieron soberanamente.

Tanto es así que, mientras escuchaba un ruido de fondo repleto de palabras perfectas y de ideas posrevolucionarias, mi cabecita empezó a reflexionar sobre el fondo de esa frase que se había quedado en el limbo, esas seis palabras que no habían tenido siquiera derecho a réplica. «Arte menor», una, dos, tres, diez veces. Pero ¿qué se considera arte mayor y arte menor? ¿Qué clase de beneficio aporta hacer esa distinción?

Entendí, porque no quise preguntar, que consideraba la literatura como la hacedora de los jardines del edén, mientras que la traducción no era más esa jardinera incómoda que se dedica a manosear flores sembradas por otros. Ese símil, esa constante dualidad, ha conseguido deformar incluso la percepción que tenemos los traductores de nuestra propia profesión. Quizá, después de todo, nos hayamos creído el cuento de que somos unos traidores sin corazón.

Parezco un león, pero soy un caniche. ¿Me quieres? Fuente: Wikipedia

Parezco un león, pero soy un caniche. ¿Me quieres?
Fuente: Wikipedia (CC)

Si somos más pedestres, traductores literarios o no, los currantes de este oficio no hemos conseguido salir indemnes de este virus que propaga tarifas paupérrimas, pero no pretendo abordar este tema para resucitar esta bitácora adormecida, pues no llegaría a ninguna parte. Lo que yo quería decir es que la ausencia de cariñitos y de palmaditas nos ha hecho unos seres, digámoslo así, arrogantes. Suele suceder que los faltos de autoestima actúan con un falso escudo de seguridad y necesitan reafirmarse constantemente para que no se les olvide que valen un potosí.

El personaje que te suelta que su cuñado, el que vive en Rumanía hace ocho meses, también podría traducir como tú, el cliente que te ofrece una tarifa salida desde las mismísimas profundidades del inodoro a cambio de grandes volúmenes, el que te paga a regañadientes, el que regatea una tarifa como si se tratara de un astro del balón, ¿hace falta que continúe?, ¿no, verdad? Estas y otras tantas penurias son suficientes para enrocarnos en la condescendencia donde, en el fondo, nos encontramos tan a gustito, tan bien comprendidos, tan integrados.

¿Denunciar estos abusos? Sí. ¿Vivir con el zurrón del resentimiento a cuestas? No, por ahí no paso. Tanto reproche, tanta penuria y tan poca autocrítica creo que nos deslegitima como gremio y, de paso, nos aleja de otras realidades tanto o más sangrantes que la nuestra. Todas las profesiones que conozco sufren el desagravio de los corazones pobres, el desprecio más doloroso, la competencia desleal y los salarios de mierda. Es habitual, traductores, no solo nos sucede a nosotros.

Puede que las palabras dignas y contundentes sean un buen antídoto frente a toda esta basura que huele francamente mal. No sé si funcionan en la mente de esa gente que comercia con despojos, pero en la mía sí funcionan. Siento que estoy haciendo lo que hay que hacer. Y eso tiene un valor incalculable a la hora de dormir bien por las noches.

Por cierto, para mí también es arte conseguir que los alumnos con los que trabaja mi hermana le regalen cosas bonitas al terminar el curso, que el agricultor, con la experiencia que le transmitió su padre, sepa poner verduras deliciosas en mi mesa, que el panadero de mi calle encienda las luces de su obrador a las 4 de la madrugada para ofrecer pan unas horas más tarde o que el trabajador de la gasolinera de mi pueblo me atienda siempre con la mejor de sus sonrisas.

Aprecio y me hace sentir bien que el trabajo bien hecho, lo haga quien lo haga, tenga una justa recompensa. A partir de ahí, que cada cual entienda por arte lo que quiera.

Una respuesta to “La traducción es un arte menor”

  1. La traducción no es un arte menor, ni mucho menos. Quien dice eso, sinceramente no sabe de qué habla ni se ha dado cuenta de que el 90% de lo que se ve en la sociedad está traducido.

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