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¿De quién es la culpa?

No es fácil reconocer nuestras faltas. Y cuando el corporativismo media, la tarea redentora se complica enormemente. Tras la lectura de esta entrada, he rebuscado inmediatamente en ese rincón del cerebro destinado a almacenar recuerdos y he revivido esa experiencia que padecí en una oficina espaciosa, perfectamente iluminada y de inmaculada factura del inframundo empresarial. Nada hacía presagiar el atentado que iban a perpetrar esa mañana soleada contra la moral de un traductor inexperto pero no por ello imbécil. Buscaba un trabajo, no una celda de castigo. Han mudado de hojas los árboles y sucedido bastantes cosas positivas desde entonces. No obstante, las personas empáticas, además de jorobarse con el mal ajeno, también reflexionan.

Tanto la asignación como la descarga de culpa es un ejercicio que se practica a diario. El «tú más» de toda la vida escoltado por ese dedo índice acusador. Pero por insano e improductivo procuro no ejercitarme en esos hábitos. Personalmente, no me considero competente —si habláramos en términos jurídicos— para determinar quién es el juez y quién es la parte. Muchas veces la culpa se diluye entre pucheros y gruñidos. Las palmaditas en la espalda están bien para un rato, pero tienden a la sobreprotección y a la falta de autocrítica. La crítica, bien entendida, debe ser algo más que una denuncia pasiva. Porque pensándolo bien, ¿quién es en última instancia el que tiene que sacarse las castañas del fuego y quemarse si el guion lo exige?

Nadie te prepara ante un mal cliente o una mala experiencia profesional. En ese preciso instante, solo estáis tú, tu ética profesional, tus circunstancias y, más tarde, tus piernas para huir del lugar del crimen. Al respecto, siempre he escuchado la siguiente máxima: «hay que educar a los clientes» (con voz solemne y creíble de fondo). Bien, ¿educar a quién para obtener qué? Porque, traductores autónomos, si olvidamos que estamos aquí batiéndonos el cobre a diario para ganarnos la vida, acabaremos haciendo el infausto papel de héroe de las causas perdidas. Ser consciente de que hay actitudes irreversibles y que la cerrilidad no se combate con educación es dar un gran paso adelante.

J'accuse !

J’accuse !

No ejercemos la docencia altruista, ni es nuestra misión instruir a nadie. Nadie más que nosotros tiene que digerir esos disgustos y tragarse esa energía negativa como si fueran sandías de Totana. Ya no es por pereza, que también, sino por el chichón feo que exhibes al darte cuenta de que darte topetazos con el mismo muro es un negocio que da muchos dolores de cabeza. El cliente que regatea, regateará siempre; el que es rancio, siempre lo será; el que no te valora, difícilmente lo hará en un futuro próximo. El malo siempre será malo, precisamente porque siempre habrá traductores dispuestos a plegarse a sus condiciones, momento en el que se repantigará en su sillón diciendo aquello de «esto es lo que hay, chaval». Tú, como ente autónomo, te acoplas o te esfumas.

¿Educar a maleducados? No, gracias. No es mi papel ya que mi intención es dedicarme a trabajar para buenos clientes. No es que pretenda con «buenos clientes» dibujar un poliedro de perfecta armonía y esbelta figura. Todos tienen sus aristas, pero son aquellos con los que se debería encontrar un equilibrio entre tarifas que consideres justas, pagos puntuales y trato profesional cercano. Si algo de esto no es lo suficientemente sólido, el meccano se tambalea. Cada cual con sus prioridades. Después de todo, más que educar, prefiero ser selectivo y elegir un camino con el que poderme sentir cómodo y no traicionado a cada paso que doy.

Y mirando un poquito más adentro, siempre es sano practicar la introspección personal: ¿Qué ofrezco? ¿Cuál es el valor de mi trabajo? ¿Cuáles son mis puntos fuertes y débiles? ¿En qué debo mejorar? Siempre es mucho más sencillo señalar con el dedo que mirarse de frente al espejo. Esa visión empresarial rácana y antediluviana siempre ha existido y va a seguir existiendo y, bajo mi modesta opinión, la única opción que tiene el traductor para combatirla es mostrar entereza, confianza y seguridad. Y si le dan un mandoble hay dos opciones: quejarse y aprender o simplemente quejarse. Educar es sencillo cuando hay gente dispuesta a aprender e inútil cuando nadie quiere escuchar. No hay milagros.

La única verdad incontestable que me ha mostrado este negocio desde que estoy dentro es que el único patrimonio final que tiene el traductor son sus traducciones. Una buena traducción es un valor en sí mismo y cotiza al alza. ¿Por quién? Por la gente que francamente valora el trabajo bien hecho y no por aquellos que andan descontando céntimos a cada instante. Una buena traducción funciona, comunica, vende, llega, alcanza, descifra… une. Cuando los clientes sean capaces de comprender que una buena traducción les prestigia, entenderán que están ante una labor noble que merece ser recompensada justamente y visualizarán, de paso, que uno más uno en traducción no es igual a dos.

 

3 Respuestas to “¿De quién es la culpa?”

  1. Juan Jiménez Salcedo dice:

    Excelente entrada como siempre, Rai. Suscribo desde la fecha hasta la firma. Lo de “educar al cliente” pasó a la historia. Nadie le rechista sus honorarios a un buen abogado. ¿Por qué? Porque el abogado sabe lo que vale su trabajo y su cliente también. Hay muchos traductores cuyo espíritu misionero o su necesidad por amarrar proyectos llevan a transigir demasiado con determinadas ofertas. El margen de maniobra es bien escaso y, en circunstancias como las que describe Lorena Ruiz en su blog, la única alternativa es levantarse e irse.

  2. Hola, Rai:

    Tu entrada no podía haber llegado en mejor momento. Hoy mismo me llamaron de una editorial que va a crear un sello especializado en narrativa fantástica. Hasta ahí, todo estupendo. Cuál fue mi sorpresa cuando me ofrecieron 500€ por libro. Si tengo en cuenta que una novela de 450 páginas la traduzco en dos meses, eso equivale a 250€ por vete tú a saber qué tocho. Intenté regatear, pero visto lo visto y por mucho que me duela, mejor seguir buscando.

    Te felicito por la entrada,

    Sergio

    • Rai Rizo dice:

      Me vais a perdonar Sergio y Juan, pero acabo de darme cuenta de que no os había respondido y lo hago casi dos meses después. ¿Cabeza dónde estás?

      – Juan: evidentemente, hay que explicar al cliente (directo) qué cuesta nuestro trabajo y aclararles el porqué de nuestras tarifas. No tienen por qué saberlo. Otra cosa son las agencias. No obstante y como bien dices, hay veces en que traductor pierde la perspectiva de lo que cuesta su trabajo, lo valora poco y se deja arrastrar por la corriente. Falta de autoestima laboral peligrosa.

      – Sergio: lamento que tuvieras que vivir esa situación. No hay que plegarse ante determinadas ofertas que, por otra parte, sabes a ciencia cierta que no te van a compensar (y no hablo solamente de dinero). Te deseo la mejor de las suertes para los próximos proyectos. Es más, quizá en estos dos meses de silencio hayas tenido alguna buena experiencia laboral. 🙂

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