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Traductor, sospechoso habitual

Lo sé. Este escrito de poco va a servir para oxigenar aquellas mentes obtusas y retorcidas por la inconsciencia consentida. Sé que me embarco en unos minutos de escritura que probablemente resulten estériles de puertas afuera. Lo sé y lo asumo. Quizá lo único que pueda hallar en estas líneas es un calmante administrado por vía empática ante determinadas críticas poco edificantes. Un servidor sabe que es muy complicado darle la vuelta a una realidad tan cruda como frecuente: los críticos de la traducción, aquellos que gozan de la impunidad de la lectura ciega, los que no saben ni muestran preocupación por comprender el origen de las cosas.

Y me refiero desgraciadamente a aquellos que se preocupan por la forma y no por el fondo, esos intrépidos lectores que lamentan profundamente la elección de un vocablo y no otro que consideran mucho más pertinente o la organización sintáctica de determinada oración que hace que se tambaleen sus estructuras mentales preconcebidas. Estoy hablando de este género de lectores-opinantes-críticos que se limita a considerar únicamente el producto final de una larga cadena de producción. En esta sociedad mercantilizada hasta el extremo sólo el resultado es lo verdaderamente valorable para estos adalides del buen juicio.

No obstante, me incomoda que estén pasando por alto, que estén obviando de una manera tan escandalosa la verdadera esencia de la traducción: nuestros textos no son inéditos, no podemos permitirnos ser creadores en el sentido más amplio del término, no estamos facultados para innovar pues nos debemos a los patrones más o menos rígidos del documento original. Esto que nos parece tan obvio es sistemáticamente omitido en el imaginario colectivo. El hecho de afrontar la lectura de una traducción como una obra original es lo que conduce inexorablemente a los juicios de valor, las reprobaciones infundadas y las críticas voraces.

A todo el mundo le asaltan las dudas...

¿Quién no se ha encontrado con un comentario cuya única argumentación es “esto suena mal”? Ante esto, a uno le dan ganas de echar mano del original para hacerle comprender al opinante el sentido concreto del pasaje, línea o vocablo en cuestión, precisando al máximo los motivos de la adopción de esa alternativa y no otra y finalmente abriendo sus ojos ante el arduo pero maravilloso mundo de la traducción, todo él cargado de incertidumbres y cuyo fin último no es otro que transformar esos dilemas en determinaciones. Pero, ya saben, como decía el de la tele, el tiempo es oro y tal vez sea tarea improductiva justificar aquello que no se ve.

El problema de todo esto es que el traductor es una suerte de saco de boxeo sobre el que percuten multitud de púgiles. ¿Es inútil pues hacerles comprender a estos aprendices de Cassius Clay que nuestro trabajo se basa única y exclusivamente en el error? ¿Es fútil hacerles ver que la traducción inmaculada sólo aparece en sus sueños más dulces? Y no me refiero a errores de bulto, sino a aquellos que nos enseñan a ser mejor profesionales. ¿Acaso es pedir demasiado que tengamos la consideración de enmendadores humanos de errores y no productores divinos de aciertos?

Desde el punto de vista de lo falible todo es mucho más elástico y transigente pero la implacabilidad de lo exacto es el factor que impera en la crítica de la traducción. ¿Reflejo de nuestra sociedad que encumbra e idealiza sin reparo la fascinación del éxito y entierra con una facilidad pasmosa la incomodidad del error? A uno le preocupa, pero no le quita el sueño, que estas cosas sucedan y se puede imaginar vaga aunque intensamente la presión a la que están sometidos determinados traductores. Leer y escuchar críticas que caen en la ligereza expresiva, en la trivialidad de la palabra, vacías de contenido y tendentes a la frivolidad, duele.

No veo atisbo de preocupación por parte del público general en comprender qué hay detrás de un texto traducido. Muchísima gente desconoció, desconoce y desconocerá nuestros desvelos y dilemas que desembocan en un lógico proceso de toma de decisiones. No somos mentes preclaras que traducen textos como autómatas. Nuestra profesión se puede resumir en el binomio indisoluble duda-solución. Y así hasta el final de los tiempos. Por todo esto uno se pregunta si sólo los colegas traductores están condenados a entenderse. Sólo cuando uno conoce, respeta. En caso contrario, sospecha.

11 Respuestas to “Traductor, sospechoso habitual”

  1. Pablo Bouvier dice:

    Si hablamos de traducción literaria, un servidor cree que sí se puede hablar de autoría o recreación de la obra por parte del traductor o, al menos, en eso se fundamentan los derechos de autor que los traductores literarios intentan exigir o justificar, aunque un servidor, como traductor técnico que es, no esté de acuerdo con dicho concepto.

    Por esa misma regla de tres, un traductor técnico tiene una responsabilidad civil muchísimo mayor que un traductor literario, ya que un error en un manual técnico sí puede conllevar lesiones graves o la muerte del lector, mientras que una traducción literaria raramente puede conllevar la muerte del mismo, a menos que sea de aburrimiento…

    Imagino que el hecho de que el traductor sea «sospechoso habitual» se debe, básicamente, a que el nombre del traductor literario figura en los títulos de crédito del libro y no así el del resto de personas implicadas en el proceso.

    Claro que, cuando un «perfecto imbécil» – ex presidente de cierta asociación de escritores tiene la arrogancia de escribir en su revista que los traductores literarios son los «propietarios de la cultura con mayúsculas», flaco favor nos hace a los traductores. Y, no es que no respete a los traductores literarios, ya que estos, al igual que los traductores técnicos, cumplen con su función. Lo que no me merece respeto es la imbecilidad. Así que, tenemos lo que nos merecemos.

    No basta que la mujer del César sea honesta; tiene también que parecerlo. No basta con que seamos «traductores excelentes», tenemos también que parecerlo.

  2. Ruben dice:

    No tengo muchas palabras para ofreceros en esta respuesta, pues soy un iniciado, pero permitirme expresar mi opinión, empiezo a entender y comprender la exactitud de vuestras palabras, pero si creo que se puede hablar de autoría de una obra, puede que no se cree el libro, pero al hacer frases, estructuras, creas un mundo nuevo en el lenguaje y la gramática, que antes no existia.

  3. Ese Weón dice:

    Concuerdo; a menos que estés imbuído hasta la médula en la filosofía zen, es imposible no sentir la sangre bullir cuando ciertos “ilustradillos” cuestionan la elección de palabras al leer tu trabajo, pues parecen insinuar que tus ojeras y contínuos bostezos se deben a cualquier actividad bohemia en lugar de la traducción que tienen es sus poco hábiles manos. Desde que descubrimos nuestra vocación, nos sometemos al escrutiño constante y aceptamos dicha carga como parte del oficio, mas siempre esperamos críticas o comentarios cubiertos con cierta pátina de conocimiento del oficio. Que ciertos listillos vengan a decir que con sus lecturas de toda una vida podrían hacer mejor tu trabajo y en menos tiempo, es indigante por decir lo menos. Al parecer, es cierto aquello de que solo entre traductores estamos condenados a entendernos. Saludos desde Chile.

  4. Creo que todo es un poco más simple y no tiene que ver con el materialismo capitalista. El culto al original y a la originalidad exige que la traducción, como obra derivada, sea inferior al original. Por lo tanto, yo podría hacerlo mejor siempre (es decir, como a mí me gustaría que fuera) porque yo, como lector, sé lo que me gusta y, en consecuencia, lo que tendría que gustarle a todo el mundo. ¿El original? Siempre es magnífico (es decir, tendría que gustarme) porque si no, no habría sido traducido. Si no me gusta, la culpa es de la traducción porque no soy tan burro como para no entenderlo.
    Por otra parte, siento una admiración y un respeto profundísimos por los traductores técnicos, pero hablamos de cosas distintas.

    • Debo ser o estar algo «corto de entendederas», o estar muy fatigado, porque no entendí nada de lo que dices.

      Si alguien no es tan burro como para no entender un original… ¿para qué necesita de una traducción que, según su criterio, siempre será siempre peor que el original? Si es tan inteligente, con leer y asumir la obra en su idioma original, creo que no tendría necesidad alguna de una traducción y, menos, siendo ésta tan nefasta…

      Resulta raro ver escrito algo así, o no entendí un carajo, porque cada día son más los autores literarios que reconocen que prefieren alguna de sus traducciones a su propia obra, ya que, a diferencia del autor, el traductor necesita interiorizar la obra en mucho mayor proporción que el autor, para poder reflejar fielmente el pensamiento de este en otro idioma.

  5. Y no sólo los traductores técnicos no ven su autoría en sus traducciones, sino que otros muchos. Sólo se percibe y refleja el nombre del traductor en las obras literarias, todo lo demás no merece ser nombrado.
    También habría que decir que algunas obras han mejorado gracias a la traducción, y otras no tanto. No todos los escritores son magníficos, ni tampoco se documentan sobre lo que escriben.
    Y bueno, nuestro trabajo, al igual que muchos otros, siempre será escudriñado por el ojo ajeno.

  6. No es que los autores técnicos no reconozcamos la autoría de nuestras traducciones, sino que desde los poderes fácticos – entiéndase, el propio estado y, lamentablemente, muchas veces por parte de nuestros propios intermediarios – no se nos reconoce la misma. De no ser así, estaríamos cobrando también o, al menos, intentando cobrar «derechos de autor», al considerarse la traducción como nueva creación a partir de un original.

    Lo que un servidor dice es que, por esa regla de tres de los derechos de autor, al igual que a muchos traductores literarios no se les reconoce su autoría (lo primero que hacen ciertas editoriales es exigirte que renuncies en su favor a los derechos de autor, a pesar de ser esto totalmente ilegal), a los traductores técnicos tampoco se nos reconoce nuestra enorme responsabilidad, ya que, de ser así y, sin nos pagasen por la responsabilidad civil derivada que asumimos al traducir, deberían estar pagándonos por lo menos diez veces más que las tarifas estándar habituales, o bien pagarnos «por cada copia o utilización de los manuales que traducimos».

    Pero, no por ello el traductor, sea técnico o literario, deja de ser el «sospechoso habitual». Lo que ocurre es que, en los manuales técnicos, no suele figurar el nombre del autor y, por lo tanto, resulta más difícil señalarnos con el dedo…

  7. Rai Rizo dice:

    Muchas gracias a todos por vuestras aportaciones. Estoy encantado con las respuestas ya que dan una visión mucho más amplia de lo que pretendía tratar con mi escrito.

    No era mi intención “enfrentar”, de algún modo, las responsabilidades de los traductores literarios y técnicos. Cumplen funciones muy diferentes, si bien, concuerdo con Pablo que los traductores técnicos se enfrentan a responsabilidades de tipo civil de mayor calado que el resto de profesionales. Pero entiendo, en otro orden de cosas, que los más expuestos son los literarios ya que la literatura es, por lógica, una disciplina que llega más al gran público. No todo el mundo es capaz de cuestionar un manual sobre el buen uso de los martillos hidráulicos o la repercusión de los residuos biosanitarios y citotóxicos, pero sí muchos se sienten capacitados para señalar con su dedo acusador al traductor de determinada obra de carácter más universal.

    De todos modos, para mí aquí lo importante es poner en entredicho la visión del crítico, no versado en traducción, que realiza críticas infundadas sin importar el ámbito de actuación porque piensa en la traducción como algo que debe sorprenderle más allá de los propios límites de la obra. Como si creyera que al leerla en su lengua materna hubiera de tener diferente color. Y por supuesto, los traductores técnicos también son señalados con el dedo, sobre sus espaldas soportan una gran carga, pero no dejan de ser lastres diferentes.

  8. Creo que Pablo confunde conceptos: a quienes traducimos libros se nos contempla como coautores de la obra por unos motivos X (con los que uno estará o no de acuerdo), pero que en ningún caso tienen que ver con la responsabilidad, la calidad o lo que se quiera. Los derechos de autor no están para premiar la “enorme responsabilidad” de nadie, sino que dependen del tipo de producto del que derivan y al que dan lugar. Ergo: cuando un traductor técnico traduce un libro (con ISBN y toda la parafernalia) de la especialidad que sea (cirugía oncológica, por poner algo) tendrá derecho a regalías, aunque no sea literatura. Por eso, por favor, no sigan diciendo traductor literario, porque la inmensa mayoría tocamos todos los palos de la superproducción editorial (bueno, el suertudo de Rafael no, pero para eso sabe turco ;)).

    Pero el post no iba de eso. Como Rafael, creo que la cosa es más simple: en esta país la crítica literaria siempre ha llevado años de retraso y es un campo abonado para popes y bufones a quienes se les ríen las gracias sólo porque aparecen en todos los saraos. Esto afecta a obras originales y traducidas. Es una cuestión de madurez cultural.

  9. Eli aka NC dice:

    Si te contara…El otro día en mi trabajo vino uno a corregirme una traducción que hice de la descripción de un hotel porque la mía no terminaba de gustarle (era comercial y tenía que vender el hotel de marras) y prefería usar otros términos diferentes. Hasta ahí, dentro de lo que cabe, todo bien, la percepción de los textos (y de todo en general) es muy subjetiva, y si al comercial le gusta más “suntuoso” que “lujoso”, no soy quien para objetar, al fin y al cabo soy una “mandá” y para eso me pagan. Lo que ya sí que me pareció el colmo fue que antes de irse se disculpara con que mi traducción “no había por dónde cogerla”. Estamos hablando de una mísera descripción, si llega a tratarse de una obra literaria directamente me tira a los leones, pero me sentó muy mal que pusiera en tela de juicio mis capacidades a la hora de traducir algo tan simple (como si él supiera hacerlo mejor) sólo porque le gustaba más su versión que la mía…

    • Rai Rizo dice:

      Pues, sinceramente, no me habría quedado con la rabia en el cuerpo. Le habría pedido amablemente que me explicara qué significaba eso de que la traducción “no había por dónde cogerla”. No hay nada peor que sentirse rechazado, pero peor todavía tiene que ser no recibir explicaciones al respecto.

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  1. Leña al fuego | El Carpintero Traductor - [...] resulta que el amigo Raimundo Rizo escribió una magnífica entrada titulada “Traductor, sospechoso habitual” en su blog Letras de…

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