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Cuando las letras bailan

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Fotografía: Gonzalo Merat

La productividad, concepto contemporáneo de gran difusión, es uno de los compañeros de viaje inseparables del traductor. Para algunos, una incómoda asignatura pendiente. Para otros, el único medio para llegar a ser competitivo. Los plazos forman parte de nuestra profesión tanto como la propia traducción, las herramientas de traducción asistida o los diccionarios. Y es nuestra responsabilidad mantener una relación cordial con ellos. Por otra parte, las estrechas relaciones de amistad con los plazos no dejan de ser una maravillosa idealización en el rincón más utópico de la mente del traductor. Los plazos pueden llegar a ser colegas, conocidos, si se quiere, con los que a veces reina el compadreo pero nunca amigos íntimos.

A veces, fallan y no aseguran lealtad eterna. No hay que comérselos de vista porque son capaces de dar la espalda y abusar de nuestra confianza. Luego, puede que vengan con su mejor cara y terminemos por estrechar su mano en claro gesto generosidad por nuestra parte pero, no lo olvidemos: no son de fiar. Quitémonos la venda de nuestros ojos: la relación entre los plazos y nosotros, los traductores, es puramente interesada y siempre ambos intentarán obtener el máximo rédito posible, en un incesante tira y afloja.

Por eso el ritmo de traducción diario, esto es, el número medio de palabras varía enormemente entre profesionales y depende de un inmenso abanico de condicionantes que actúan de forma muy dispar. El factor más decisivo es, sin duda, el grado de experiencia profesional del traductor, veteranía que le permitirá ser mucho más eficaz y selectivo con los encargos. No obstante, el profesional también está supeditado a cuestiones nada banales como la naturaleza y calidad de redacción del texto, el par de idiomas, herramientas informáticas y materiales de referencia a nuestro alcance, formato y redacción del original y, cómo no, el ánimo y el estado físico del traductor en el preciso instante de recibir el encargo, entre otras.

Por todos estos motivos y muchos más, el ritmo de traducción está sujeto a constantes variaciones que hacen de él una auténtica montaña rusa donde caben alturas de 5.000 o más palabras al día y descensos acusados por debajo del millar de vocablos que reflejan fielmente la asimetría de esta profesión. Una vez más y ante situaciones de máxima tensión, la experiencia se antoja como el clavo ardiendo al que aferrarse pero no siempre es condición indispensable para que el traductor consiga salir indemne de la contienda. Hay otro tipo de variables ocultas a los ojos del experto que surgen desde la retaguardia cual infantería ligera y al servicio del general Plazos.

Cargan con ferocidad y son implacables adquiriendo formas muy dispares pero tienen un denominador común: el exceso de confianza. Esta relajación hace despertar a los enemigos del traductor que siempre se muestran vigilantes ante cualquier actitud displicente. Y ese abuso de confianza se traduce en la minimización y subestimación de habilidades propias y elementos ajenos tales como el ritmo diario de traducción (“podré traducir 4.000 palabras al día”) y la naturaleza propia del texto (“podré traducir 4.000 palabras al día con este texto”) cuando, con toda probabilidad, ese traductor no tenga las aptitudes necesarias para abordar tal cantidad de palabras al día y menos con el texto que tiene ante sus ojos.

Así es como llega el tan temido atracón, la verdadera panzada tan extenuante como poco recomendable. Todos los traductores han experimentado en sus carnes lo que significa dormir poco o a ratos y trabajar mucho o quizá demasiado. La jornada laboral se estira como aquel chicle kilométrico que nos vendían hace años y, si por algo destacan esos días que siempre parecen insuficientes, es por la celeridad con que se hace todo. La urgencia conduce a la inevitable inatención de aspectos clave como la lectura reposada del original y la precisión de la traducción. ¿Consecuencias? Agotamiento mental y físico que puede llegar a extremos preocupantes ­(la falta de sueño hace de mí un cascarrabias redomado), encargos insuficientemente trabajados (relación causa-efecto) y evidente erosión en las relaciones personales y familiares que se plasman en declaraciones que dejan entrever lo molestos y desamparados que se sienten, sentimientos muy lógicos, por otra parte.

No es una opción digna de alabanza, acaso justificable en el caso de que el encargo sea de máxima trascendencia profesional para el traductor. Pero, desde luego, no debería ser el pan nuestro de cada día ya que a la vista está lo escasamente saludable que es llevar tal ritmo de vida. Mi única fórmula para intentar esquivar esos días que son un cóctel bien cargado de nervios, tensión y estrés es mostrar honestidad siendo realista, ecuánime y sincero con uno mismo y con el cliente. Decir “no” también puede ser una muestra de profesionalidad. De todos modos, no pretendo con este texto ser dogmático ya que sé de algunos que trabajan con mucha más eficiencia cuando los plazos les pisan los talones haciendo buena esa costumbre tan española de dejarlo todo para el día siguiente. Aunque, personalmente, veo muchas más ventajas en valorar la disciplina alemana por lo que respecta al cumplimiento de plazos y horarios. Y es que a veces cuando las letras bailan, no tenemos más remedio que cogerlas de la mano y movernos al compás que nos marcan.

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5 Respuestas to “Cuando las letras bailan”

  1. Leon Hunter dice:

    >más ventajas en valorar la disciplina alemana por lo que respecta al >cumplimiento de plazos y horarios

    Me ha llamado la atención esta frase porque, precisamente, los alemanes dan unos plazos larguísimos de traducción y es fácil que te den un plazo de dos semanas o un mes para un encargo.

    En España, en cambio, me llaman todos los días 20 agencias desesperadas con encargos “para hoy” y “para mañana”. Casi todo es urgente.

    En última instancia no es responsable es traductor, que es el último eslabón de la cadena. Es un problema de organización empresarial mucho más amplio.

  2. rairizo dice:

    Estoy totalmente de acuerdo con tu última apreciación. Muchas veces, nos piden e imploran que carguemos con un fardo de responsabilidades que no va con nosotros y eso se debe a problemas que se han gestado mucho antes de que nos dieran el encargo.

  3. Ay, qué bien. Me da la sensación de que, una vez, me echan la bronca por trabajar los fines de semana 🙂

    Pero tranquilo, la culpa no es tuya sino que me sienta desocupada entre semana y el viernes parezca que se vuelven todos locos para que hagas traducciones y las entregues el lunes ^_^

    En fin, gracias por el toque de nuevo 🙂

  4. Maria dice:

    A todos nos ha pasado… lo más curioso es el subidón de adrenalina que se experimenta durante la fase que tú llamas “el atracón”, de modo que en ese momento parece que no vas a cansarte y eres capaz de traducir (relativamente) lúcido y rápido… pero la hora de la verdad acaba llegando tarde o temprano.

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