El backstage de los anglicismos

Caricatura de Forges

Una lengua materna debe ser cuidada y educada como si de un hijo se tratara. Sin excepción. Por desgracia, todos los días se escuchan y leen auténticos despropósitos que provocan dolores espantosos e innecesarios a ojos y oídos. Los traductores, aquellos adalides silenciosos que escrutan por puro instinto cada texto traducido, cada doblaje realizado, cada alocución interpretada,  son los auténticos garantes de que las lenguas a las que traducen sean respetadas y tomadas en justa consideración por sus potenciales destinatarios. Al fin y al cabo, todo buen traductor debe mimar esa inquietud innata, que surge sin preguntar, por realizar labores de concienciación y educación lingüística. No podemos evitarlo, nos gusta que la comunicación esté dotada de fondo y forma.

El español es una de mis lenguas maternas y mi estima por ella es incondicional. Siento una profunda admiración por la riqueza léxica de este idioma y su admirable flexibilidad a la hora de transmitir todo tipo de emociones entre las cuales son capaces de filtrarse las más sutiles referencias a mundos abstractos, etéreos y prácticamente intraducibles. Por todo esto y mucho más, el español se convierte en un idioma exuberante y espléndido en detalles, brioso, a fin de cuentas, un ente vivo, muy vivo. Por otra parte, temas profundamente controvertidos confluyen en la evolución y desarrollo de esta lengua.

Históricamente, la lengua española ha recibido multitud de influencias de otras culturas y las ha incorporado a su universo lingüístico con evidente naturalidad. Todos los días escuchamos vocablos importados del francés como “masacre”, “argot” o “dossier”, ejemplos de integración y asimilación intralingüística. Muchos de estos galicismos arribaron a nuestra lengua merced a los lazos establecidos entre españoles y franceses a través del Camino de Santiago y la Guerra de Sucesión. La aristocracia española, en un intento más por separarse del vulgo, popularizó, gracias a su influencia social, una suma notable de términos de procedencia francesa. Quizá lo que obviemos de forma velada es que existen alternativas plausibles en español a estos préstamos como “matanza”, “jerga” y “expediente” respectivamente.

La realidad es que, hoy, el idioma que mueve los hilos del mundo es el inglés. La exportación de anglicismos a todos los rincones del planeta es un hecho palpable en las comunicaciones actuales y se deja sentir, sobre todo, en determinados lenguajes de especialidad cuyas puertas se abren de par en par a la entrada de esas figuras tan discutidas, a saber, los préstamos lingüísticos. ¿Cómo gestionar la venida de tamaña horda de extranjerismos? ¿A día de hoy, estamos experimentando una suerte de sometimiento lingüístico? ¿Corren verdadero peligro las lenguas supuestamente asediadas por la influencia y autoridad anglosajona?

Mirando a través del enfoque que confiere un prisma retrospectivo, la lengua española ha recibido multitud de influencias lingüísticas a lo largo de su historia: la presencia de cultismos, galicismos, germanismos, helenismos, italianismos y arabismos es profusa y ha dejado un poso indeleble en las entrañas de nuestra lengua. El contacto entre civilizaciones no es algo baladí pues ha sido una constante desde los albores de la humanidad, las lenguas no son entidades inertes y, nosotros, los herederos de la grandiosa capacidad de comunicarnos, tenemos plena competencia para discriminar o amparar aquello que nos llega importado.

El mecanismo de absorción y penetración de voces extranjeras en los idiomas no ha variado en absoluto su comportamiento. ¿Quizá seamos nosotros los que hayamos relajado nuestros principios de selección a este respecto? A pesar de ello, no podemos obviar la figura preponderante del inglés, que ejerce como lengua vehicular de multitud de disciplinas técnicas, científicas y tecnológicas que mueven por sí mismas ingentes cantidades de dinero, tiempo y recursos humanos. Por si fuera poco, muchos vocablos vienen a cubrir vacíos semánticos en la lengua de llegada. ¿Suficientes motivos?

Se escuchan voces que hablan de invasión indiscriminada y bombardeo anglosajón a todos los niveles. Otros se escudan en la inevitable adaptación a los nuevos tiempos basándose en los principios de la evolución humana. Acaso, ¿el fin justifica los medios? ¿Debemos sacrificar el principio básico de respeto a nuestra lengua materna por otros razonamientos justificados en el más elemental principio práctico de la comunicación?

Un servidor ante vocablos de nuevo cuño como tethering o networking, muy empleados en la actualidad en círculos tecnológicos, se pregunta si este acontecimiento lingüístico latente solo abre dos caminos posibles: ¿Adaptación o insubordinación? ¿Sumisión o rebeldía? Ardua tarea la de aquellos que quieran enfrentarse a una maquinaria pesada como la lengua inglesa. Por mi parte, considero inútil y estéril condenar cual purista incorregible a arder en el fuego eterno a los herejes que afirman sin ningún rubor que “se hacen piercings”, “acuden a castings”, “tienen muchos hobbies” o “compran en outlets a precios de saldo” del mismo modo que estimo improductivo el hecho de vincular mis pensamientos y acciones al conocido gusto por lo foráneo de aquellos que disfrutan siguiendo una tendencia cool.

Ambas posturas son irreconciliables y muestran percepciones ferozmente contrapuestas. Mi visión personal es crítica y se mantiene vigilante ante lo que considero lenguaje, expresiones o vocablos artificiales, fingidos o aberrantes provengan de donde provengan. El compromiso con mi lengua materna es inquebrantable pero tan disparatado es tratar de normativizar o denegar la entrada de extranjerismos como adaptarlos a la lengua sin ningún tipo de miramiento por el mero e irreflexivo hecho de seguir una moda. La evolución de una sociedad lingüística es incontrolable ya que los miembros que la conforman no pueden luchar contra determinados factores de cambio que intervienen de manera decisiva. Quizá lo único que nos queda es apelar a un agente tan razonable como el tiempo, sabio entre los sabios. Él será el que distinga entre lo conveniente y lo desechable, entre lo corriente y lo accidental, silenciosa carne de cañón que la sociedad coloca en el disparadero del olvido sin reparar en ello.

9 pensamientos en “El backstage de los anglicismos

  1. Mistermagusina

    Estupendo artículo y totalmente de acuerdo con todo lo que dices: no estoy en contra de los anglicismos; siempre que su uso sea de manera adecuada y moderada. Y está claro que los que perduren en el tiempo, ¡por algo será!

    Responder
  2. Curri Barceló

    Gracias por el artículo.

    Yo estoy medianamente de acuerdo. Si tengo ya una palabra en mi idioma para expresar algo (como aparcamiento, jerga, matanza o expediente), ¿qué necesidad hay en coger una nueva? A no ser que se cojan para una cosa muy específica, como por ejemplo, dossier, que no solo es expediente sino muchas veces se usa para un «dossier de empresa», donde se explican cosas sobre dicha empresa, que no es un expediente.

    Eso sí, cualquier idioma se vuelve rico si adquiere palabras, expresiones o significados extranjeros que no tiene. O en el caso de que sí tuviese dicho significado, se necesitaría una frase (o párrafo), dificultando la vida a sus usuarios.

    En resumen, que sí, pero con moderación 🙂

    Responder
    1. rairizo Autor

      Gracias Curri por responder.

      Evidentemente, cada cual sigue un proceso de selección muy personal acerca de los extranjerismos que quiere incluir o desechar en su propio lenguaje. No obstante, no dejará nunca de ser un tema controvertido ya que se enfrenta la visión del purismo lingüístico y la evidente llegada de extranjerismos a nuestra lengua. Considero mucho más real y productivo realizar cribas a nivel personal sobre ciertos extranjerismos que a nivel colectivo pues regular los gustos, apetencias y preferencias de una sociedad lingüística es algo honestamente demasiado complejo y utópico.

      Responder
  3. Nieves Gamonal

    Estoy bastante de acuerdo, aunque coincido con Curri. Y, por otro lado, tampoco creo que haya sólo dos posturas y que sean irreconciliables: todo tiene matices grises, (casi) siempre.

    Seguro que todos hemos visto esperando nuestro avión a ese señor trajeado, con muchos estudios y aún más dinero, hablando a grito pelado por teléfono con su cliente soltando palabros en inglés a diestro y siniestro para que todos le miremos y así demostrarnos que es un tío de alto nivel o, como a él le gustaría que dijéramos, un hombre digno del «Upper East Side» o de alto «standing». Esto entra dentro de la categoría de memeces que tú señalas, porque si hablas inglés muy bien, hazlo. Eso directamente es cargarse tu idioma con afán de superioridad (aunque en realidad se deje en evidencia delante de gente como nosotros). Este tipo de cosas responden a un cierto sentimiento de inferioridad muy propio de este país y, por extensión, a la necesidad de demostrar que somos «gente de mundo».

    Luego está lo demás. El lenguaje evoluciona despacio. La traducción de muchos tecnicismos que hoy hemos conseguido adaptar o reproducir con palabras «de casa» era hace años algo impensable y que tendía a sonarnos mal. Se trata de no hacer que ninguna de las dos opciones suene ridícula. A mí me suena igual de mal oír a alguien decir que «no podré ir al Morning Meeting, ni asistir al Benchmarking, ni aportar nada al brainstorming» que «cuando me cambié después de jugar al balompié me rasgué los tejanos con una insignia». Sinceramente.

    Y, ya que lo mencionas, que alguien me de un término equivalente a «outlet» que no use más de tres palabras.

    Responder
    1. rairizo Autor

      Me gusta tu reflexión tan coherente, Nieves y agradezco que saques a colación palabras trasnochadas en español, que las hay y a espuertas.

      Al fin y al cabo, lo que prima en última instancia en la elección de determinado término o expresión es la funcionalidad comunicativa. Nada más. Si sirve en el propósito comunicativo, se acepta.

      Fernando Lázaro Carreter hablaba de una «batalla perdida» hace ya unos cuantos años y me permito incluir algunas de sus palabras acerca de este tema: «Yo creo que es una batalla absolutamente perdida. Puede que sea una visión muy pesimista, pero mientras el modelo de vida norteamericano no sólo sea aceptado, sino asumido con entusiasmo por la sociedad -desde el calco del ‘cuarto de estar’ a la ‘luna de miel’-, mientras nuestra vida social no sea más sólida, estamos a merced de los anglicismos americanos, es una guerra perdida… La ciencia, la técnica y también otros aspectos de la vida los están marcando las personas de lengua anglófona».

      Responder
      1. Curri Barceló

        Esque ahí está precisamente el truco. No he dicho que habría que suprimir cualquier influencia extranjera. Por supuesto balompié me suena raro, y seguramente me suena raro porque no nací en la generación en la que se usaba esta palabra. Pero sí recuerdo a mi padre nombrarlo así alguna vez. Por supuesto, nos hemos acostumbrado y usamos más el anglicismo. Pero, ¿qué habría pasado si esta palabra nueva hubiese tenido rechazo, como pasa, por ejemplo, con el baloncesto, o el balonmano? Sí, decir «Voy a jugar a básquet» suena mu chachi, pero a mí me chirrían los oídos. O «Emiten un campeonato de handbol en la tele». Sin embargo, en catalán sí que se usa el nombre inglés (bàsquet y handbol). La diferencia está en la aceptación de los usuarios, y es ahí donde creo que está la clave.

        A mí me gusta la palabra «brainstorming», porque creo que dice mucho más que «lluvia de ideas» o «reunión creativa». Al menos para mí. Y, seguramente, es uno de esos términos que se quedarán en nuestra lengua, a menos que la RAE empiece a ser inquisitiva y nos oblique por todos los medios a usar «lluvia de ideas». Que es lo que pasa con aparcamiento. Sí que recuerdo una época en la que mi madre decía constantemente «busca un párquing», pero la insistencia de los más «lingüísticamente correctos» de usar aparcamiento debió hacer eco y sí, aunque sigue mostrándose la P de «párquing» para señalar dónde hay un aparcamiento, en la tarjetita que te dan, o en la «Condiciones de este aparcamiento» se sigue usando la palabra española.

        En fin, que me estoy alargando. Que con mi primera intervención solo quería decir que depende de nosotros acogernos a todos estos préstamos porque, al fin y al cabo, se ha hecho toda la vida. Pero no por ello deberíamos dar el pistoletazo de salida a aceptar cualquier cosa que nos llega porque no eriquecería nuestro idioma, sino que nos haría dejar de usar términos que ya tenemos para usar otros que hemos robado de otro idioma, y acabaremos con un idioma como el inglés donde un gran porcentaje de palabras son de origen extranjero. De hecho, cuanto más vivo aquí, más me doy cuenta de que la mitad de las palabras son francesas, otro cuarto son préstamos de idiomas europeos y realmente hay poco que sea inglés, con lo cual, ¿deberíamos llamarlo inglés? 🙂

        Responder
  4. Isabel García Cutillas

    Interesante reflexión. Al igual que vosotros, opino que en el medio está la virtud: ni tiene sentido ser extremadamente purista y rechazar cualquier extranjerismo por el mero hecho de serlo ni es conveniente ser excesivamente permeable a los vocables de otras lenguas por el simple hecho de que usarlos te haga parecer más guay, independientemente de que en la lengua propia esos vocablos cubran o no una necesidad lingüística real. Al igual que Curri, opino que si en español ya existe una palabra para designar algo, ¿por qué utilizar un término extranjero no asimilado a nuestro idioma? Sin embargo, no debemos perder de vista otro factor: la frecuencia de uso por parte de los hablantes.

    Por hablar de un caso concreto de traducción, tomaré como ejemplo los textos financieros alemanes que suelo traducir. Estos están plagados de términos en inglés que en español también se usan tal cual, sin traducir, aunque tengan un equivalente en nuestro idioma. Así pues, si estoy traduciendo un texto financiero dirigido a especialistas en la materia, pondré, aunque me pese, «credit default swaps» en vez de «permutas de incumplimiento crediticio», porque es el término que los expertos emplean aunque sea perfectamente traducible al español. Por tanto, hay casos en los que no tenemos más remedio que renunciar a la adoración que sentimos por nuestra rica lengua y resignarnos a cumplir las convenciones lingüísticas del tipo de texto que estemos traduciendo.

    Saludos,
    Isabel

    Responder
  5. Pingback: Crónica del III Ojo de Polisemo (1/2) « Letras de Sastre

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *