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Traduzco, reviso y vuelvo a revisar

Reconozco que tengo un afán corrector/revisor lo suficientemente desarrollado como para afirmar que puedo llegar a hastiarme por culpa de mi propia pesadez. Y no es que corregir me resulte especialmente emocionante sino que este proceso final se revela como la parada final antes de entregar cualquier traducción y, claro, hay que detenerse a observar no sea que por ir con prisas, uno vaya a dejar pasar algunos detalles que merece la pena contemplar.

Y es que por mucho que quiera, la (inefabilidad) infalibilidad del traductor cuando traduce es una quimera y requiere de un proceso de revisión inexcusable. Y creo que podría poner la mano en el fuego sin quemarme al afirmar que todo traductor tiene una suerte de recelo innato, casi temor cerval, a que cualquier error de mayor o menor seriedad se haya colado sigilosamente entre las líneas de la traducción y se haya acomodado en su poltrona sin decir ni pío. Porque el traductor traduce, pero también corrige y se corrige continuamente.

Es un elemento que está intrínsecamente relacionado con nuestra labor y forma parte de la profesión tanto como la misma traducción. No hay duda de que nuestros clientes son nuestros examinadores al final del proceso, el elemento indispensable, pero nada tiene sentido si no parte de un profundo sentido de exigencia de manufactura personal e intransferible. Nosotros actuamos como primeros y últimos jueces, actuando como inspectores de nuestro texto y no permitiendo que determinados errores tiren por tierra nuestro trabajo.

Llegado el momento de la revisión, el traductor es consciente de que está en un momento crucial y toda meticulosidad es poca a menos que los plazos de traducción aprieten la soga al cuello (este es otro tema que puede hacer correr ríos de tinta). Es el punto en que uno avanza y retrocede sin descanso en busca de aquellas expresiones, términos u oraciones que no quedan bien a ojos del traductor-censor. Con todo, el prefijo “re” adquiere todo el protagonismo que se merece: recolocar, rehacer, reconstruir, reformular son acciones muy vivas que forman parte de este último proceso antes de que llegue el momento de librar la traducción.

La exigencia autoimpuesta es sinónimo de calidad y rigor profesional. Es una cualidad que no se estudia, no aparece en los contenidos programáticos de las asignaturas, simplemente se desarrolla como algo positivo y, como tal, se pone en práctica con el mayor de los respetos y consideraciones. La exigencia, per se, es una cualidad incolora que solo se pigmenta en el mundo interior del traductor. Pero si hay algo que es común entre los traductores es el inconformismo como único método para seguir creciendo.

Esa suerte de rebeldía es la que desemboca siempre en un proceso de corrección plagado de dimes y diretes con nuestro propio texto traducido. Una lucha constante por mejorar lo anterior y así sucesivamente. Desde que traduzco siempre ha sido así y no concibo otro método. Uno termina aceptando que los errores forman parte de la naturaleza humana. Estos pueden ser evitados, detectados e incluso asimilados en cierto modo por la experiencia y la visión que dan los años en la profesión. Pero lo que es innegociable para un traductor es mantener un pleito amistoso y constructivo consigo mismo. Aquel que no cuestione su traducción, aquel que no la mire y remire seguramente se haya equivocado de profesión.

Por cierto, antes de publicar esta entrada he contemplado diversas opciones de escritura más o menos directa, he modificado algunas estructuras sintácticas y he seleccionado algunos términos más pertinentes para este tipo de texto sin cuestionarme por qué lo hacía. Y es que lo mío, lo nuestro, no tiene remedio.

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13 Respuestas to “Traduzco, reviso y vuelvo a revisar”

  1. Nathalie dice:

    Me ha encantado este post 🙂

    A mis marcadores directo vas…

    Firmado: Traductora-correctora-lectora asidua de blogs, sin remedio.

    P.D: ¿Y no te pasa que cuánto más lo relees peor te suena? ¿Y acabas preguntándote si no tendrás un cortocicuito de idiomas en el cerebro?

    • rairizo dice:

      Muchas gracias Nathalie. Un gusto poder leer tus comentarios por aquí.

      Creo que lo que dices nos ha pasado a todos: leer, releer, seguir leyendo hasta la extenuación para luego llegar a la conclusión de que te sientes todavía más confuso que al principio, señal de que es necesario desconectar con urgencia.

  2. ¡Qué pedazo de entrada! Estoy totalmente de acuerdo en todo, y qué gran razón tienes con eso de que hay que admitir que, por muy perfeccionistas que seamos, es inevitable que se nos cuele algún error en nuestros textos, y que por ello no debemos martirizarnos.

    Los traductores tendemos a mirar con lupa cualquier texto ajeno en busca del error, de la errata, del sinsentido: el autor se debe ganar nuestra confianza antes de que podamos disfrutar realmente de la lectura. Sin embargo, a veces debemos poner los pies en la tierra y ser conscientes de que no pasa nada por cometer un error. Por supuesto, esto no significa que no debamos hacer todo lo posible para evitarlos.

    A mí lo que me parece más bello, tal y como comentas al final, es que la mayoría de los textos que leemos son en realidad la versión “definitiva” de un primer borrador. Personalmente, tardo bastante tiempo escribiendo una entrada del blog precisamente porque luego la releeo unas cuantas veces, cambio cosas, añado otras, pongo algo en negrita… Y, por supuesto, lo compruebo todo antes de darle al botón de publicar. Pero como hace ya tiempo que abandoné la idea de que hay que ser perfeccionista en todas las ocasiones, no siempre hago eso cuando escribo en otro lado, como puede ser algún correo (si bien lo achaco a la falta de tiempo y a que tengo otras cosas más urgentes que hacer).

    Este comentario sí lo he revisado, así que nada, si se me ha escapado algo, no hay que olvidar que “las erratas son las últimas en abandonar el barco” 🙂

    Saludos,
    Pablo

    • rairizo dice:

      ¡Gracias Pablo! Un placer siempre leer tus amplios comentarios.

      Y tanto que todos cometemos errores… ironías de la vida, yo mismo me he convertido en esclavo del mensaje de mi propio texto… 🙂

      Por eso, tan importante es evitar cometer errores como reconocerlos como parte de nuestro trabajo para seguir mejorando.

  3. Pablo Bouvier dice:

    Me gusta, pero va a ser que no. Porque, si los traductores debiésemos ser «inefables», que no «infalibles», no podríamos explicarnos con palabras.

    • rairizo dice:

      Buenos días Pablo:
      Agradezco enormemente su aclaración. Está totalmente en lo cierto y puedo prometer y prometo que no incluí en mi entrada “inefabilidad” para demostrar que todos somos susceptibles de cometer errores. Vamos… que no quería ser pretendidamente ejemplarizante.

  4. Silvia dice:

    Me ha gustado esta entrada 🙂

    Yo soy tan perfeccionista que a veces sufro cada frase, pero con el tiempo siento menos apego hacia la perfección y más a esa idea de «excelencia» que leí en El zen y el arte de mantenimiento de la motocicleta (un libro enorme, que no dejo de recomendar). Si uno pone toda la carne en el asador y hace las cosas con cuidado, puede que se le escape algún error, pero sabrá que ha hecho bien su trabajo.

    Aparte de la obligación de revisar y cuestionar nuestras propias traducciones, me parece que es necesario recordar la necesidad de que una mirada virgen revise nuestro trabajo: un revisor, un corrector, ambos si el texto lo pide, o un amigo voluntarioso con tiempo libre. Me gusta verme como un elemento de una cadena donde la calidad final depende de que nadie se salte ningún paso. Porque, efectivamente, como decía Nathalie más arriba, llega un momento en que todo te suena mal, peor; o que estás tan anestesiado con tu propio texto que en vez de leer lo que pone, escuchas ciegamente lo que crees que dice. Sin embargo, una mirada virgen que no ha tenido que vérselas durante días, semanas o meses con el dichoso texto podrá detectar con más claridad los posibles errores, lo que chirría en el engranaje… No siempre es posible, supongo, pero me parece deseable 🙂

    Un saludo,

    Silvia

    • rairizo dice:

      Me gusta la idea de la “excelencia” más allá de lo que implica la “perfección”. Se ajusta mucho más al sentido mismo de nuestras propias limitaciones.

      Hablamos siempre de que es conveniente dejar “reposar” la traducción y qué mejor que alguien le dé un vistazo para compartir puntos de vista y opiniones encontradas. Pero, desgraciadamente sabemos, que muchas veces no es posible.

  5. Pablo Bouvier dice:

    Por favor, tutéame. Esto es algo que nos ocurre a todos. Leemos, corregimos, volvemos a leer y a corregir, y otras tantas veces se nos pasa por alto algún error. Y el que diga que no…¡que levante el dedo índice! A un servidor le ha ocurrido miles de veces, incluso en una «prueba de traducción».

    Por lo demás, estoy absolutamente de acuerdo con el contenido íntegro del artículo, que considero fiel reflejo de nuestra labor cotidiana. Aunque, como decía cierta docente universitaria, las traducciones nunca se terminan, las abandonamos…

    De no hacerlo así, no las terminaríamos nunca, ya que, cada vez que las leyésemos, encontraríamos algo susceptible de mejora. Por lo tanto, para un servidor, lo coherente es poder estar «razonablemente satisfecho» de las mismas, sin que por ello se descarte «ambicionar la excelencia». Un saludo.

  6. rairizo dice:

    “Las traducciones nunca se terminan, las abandonamos” Creo que es lo más rotundo que he leído hasta el momento.

    Gracias Pablo. Así es. Uno no encuentra el momento de detenerse en las labores de corrección porque siempre parece que hay algo que se nos escapa. Quizá sea así, quizá no. Lo que está claro es que con toda probabilidad quedar “razonablemente satisfechos” con nuestra traducción sea la opción más sensata.

  7. Hola, Rai:

    Estupenda entrada. Sin duda, la fase de revisión y corrección es una parada indispensable en el proceso de traducción para obtener un resultado óptimo, pero no siempre es posible llevarla a cabo con toda la atención y la meticulosidad necesarias para rematar una traducción como es debido. En el mundo «real» de nuestra profesión hay que asumir dos cosas:

    1) La perfección no existe y todos, absolutamente todos, cometemos errores de algún tipo en algún momento. Por más que revisemos, leamos y releamos, reformulemos y rehagamos una traducción, es imposible evitar al 100% las meteduras de pata. Como dice Pablo (Muñoz), debemos asumirlo y no martirizarnos por ello.

    2) Los plazos de entrega no siempre son lo bastante holgados como para revisar las traducciones a fondo. A veces incluso hay que prescindir de la fase de revisión e ir releyendo y corrigiendo sobre la marcha. Tampoco debemos fustigarnos por esto. No siempre vamos a poder dedicarles a las traducciones el tiempo que creemos que se merecen o que nos gustaría dedicarles; no siempre vamos a poder tirarnos 15 minutos reflexionando sobre si una frase suena mejor de tal o cual manera; no siempre vamos a poder dejar «reposar» la traducción antes de revisarla con el fin de leerla con ojos nuevos, y, por supuesto, nunca alcanzaremos la perfección que muchos ansiamos, entre otras cosas porque no existe la perfección en términos absolutos: lo que para uno está perfecto, para otro puede ser bueno, pero mejorable. Como dice Pablo (Bouvier), las traducciones nunca se terminan, sino que las abandonamos.

    Así pues, opino que los traductores debemos esforzarnos por hacer nuestro trabajo lo mejor posible dadas las circunstancias de cada encargo. Debemos dar lo mejor de nosotros mismos para quedar satisfechos con el resultado y entregarle al cliente una traducción con la que estemos contentos, pero asumiendo que no siempre alcanzaremos la excelencia y que no por ello somos malos profesionales.

    Saludos,
    Isabel

  8. Silvia dice:

    @Isabel: Yo creo que la excelencia se alcanza sólo por el mero hecho de haber dado lo mejor de nosotros mismos en el trabajo, independientemente de que el resultado sea de nueve o de diez. Al menos a mí me funciona ese pensamiento para dejar de martirizarme con la idea de perfección, sobre todo en un trabajo que está tan sujeto a distintos criterios de calidad.

    Por otra parte, creo que depende de en qué mundo real traductoril nos movamos. Como traductora de libros opino que es fundamental la tarea del revisor y del corrector, que las editoriales no deberían prescindir de ellos y que muchas buenas traducciones alcanzan ese grado de excelencia gracias a su labor. Sin embargo, es cierto que en otros campos donde los plazos son más apretados y el traductor es un hombre orquesta que traduce, maqueta, revisa y corrige (si le queda tiempo para todo) no siempre queda tiempo para dejarla reposar o dejársela a un amigo para que la lea. Aun así, si está hecha con mimo, se nota y podremos estar seguros de haber hecho un buen trabajo.

    Un saludo,

    Silvia

  9. Carolina dice:

    Hola a todos:

    Cierto, cierto. La corrección, recorrección, autorecorrección… podría llegar a ser una actividad infinita, y como bien añade Pablo Bouvier en su comentario, “las traducciones nunca se terminan, las abandonamos”. ¡Totalmente de acuerdo!

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